Alicia Rico: La vida en las tablas

Por Enrique Río Prado

A principios del siglo XX, una niña de ocho años se presentaba, por primera vez, ante el público habanero bailando una “rumbita”, en el escenario del teatro Martí. Los espectadores no sospecharon entonces, como es lógico pensar, que aquella pequeña se convertiría en una de las actrices vernáculas más importantes de Cuba.

Alicia Rico García nació en la calle San Juan de la ciudad de Pinar del Río, el 7 de octubre de 1898. Vine a los pocos meses a La Habana porque mi padre tenía que estar trasladándose de un lugar a otro por su oficio —delineante de carretera— y le convenía vivir en (la capital)[1].

Después de aquellas primeras experiencias infantiles en el quinteto La Japonesita, dirigido por Alberto Garrido (padre), junto a su tío abuelo Luis Vázquez Palencia, escenógrafo y tramoyista del teatro Martí, Alicia se vio precisada, durante su primera juventud, a abandonar la vocación artística y trabajar por algún tiempo como despalilladora debido a la precaria situación familiar. Sin embargo, hacia 1917 logra debutar profesionalmente en el teatro Alhambra, en la compañía de Agustín Rodríguez, con la pieza De guardia a motorista y de inmediato es captada por Regino López, quien la retiene tres años en su coliseo de Consulado y Virtudes.

Una noche, en una obrita se me olvidó el bocadillo de mi cargo; en vez de atolondrarme disparé un bocadillo improvisado que arrancó grandes carcajadas y dio motivo a un hilarante tejemaneje con los demás intérpretes. Esa circunstancia me situó entre autores y actores como ‘una chica que promete’.[2]

A ese emblemático escenario regresará en varias ocasiones, ya sea junto a Agustín o formando parte de la mítica empresa de Regino, donde sustituye a Blanca Becerra en la obra Diana en la corte e interviene en el estreno de Los millones de la danza, entre otros títulos.

Precisamente junto a la Becerra y el “negrito de Alhambra”, Sergio Acebal, se presentará en 1920, durante una función extraordinaria del teatro Payret en homenaje a Ramón Espígul (padre).

A fines de 1921, parte hacia México contratada por los actores-empresarios Ricardo Sevilla y Roberto Gutiérrez Bolito, con quienes actuará durante todo un año en algunas ciudades aztecas (Mérida, Tampico, Veracruz). A su regreso los exitosos actores cubanos realizan una gira por la república con el mismo repertorio: Flor de fango, El gallego y la cubana, Brisas de verano, La familia de los enredos.

En 1923, Alicia debuta en el teatro Hispano[3] de Nueva York con la compañía de Ramón Espígul y al año siguiente regresa a la Babel de Hierro y se presenta en el teatro Latino,[4] bajo la dirección del empresario cubano Fernando Luis. Estas primeras incursiones en tierras norteamericanas serán una constante en la carrera futura de la actriz pinareña, quien no oculta su orgullo al proclamar en las entrevistas que concede a la prensa escrita:

Desde 1929 hasta 1938 estuve haciendo temporadas de seis meses en Nueva York, en los teatros Cervantes, Campoamor, Hispano… Hacíamos teatro cubano y también variedades, en las que han figurado conmigo Tito Guízar, [Carlos] Gardel, [Carlos López] Chaflán […], la Bañuls [Conchita], Esperanza Iris, Margarita Cueto, Juan Arvizu. […] Gardel ligó muy buena amistad con nosotros, era un ídolo, ¡un verdadero ídolo![5]

En otra entrevista refiere que inauguró

(…) dieciocho teatros [de Nueva York], entre ellos: Campoamor, Cervantes, San José, Borinquen y Gil. También trabajé —continúa diciendo— en el Hotel Vanderbilt, bailando y cantando…[6]

En efecto, como relata la actriz a los periodistas, a fines de 1928 embarca hacia los Estados Unidos, con la compañía de Rafael Arango, junto a Valdivia, Bronca y Sotico, entre otros. Estos actores cubanos dan a conocer en Tampa y Key West títulos de Federico Villoch, Gustavo Robreño, Armando Broca y Mario Sorondo. En ocasión de celebrarse su función de beneficio, con la obra Más allá del dolor y del placer, la prensa del lugar califica a Alicia como “incomparable gallega”. De regreso a Cuba actúa con la misma compañía en los sainetes Cascarrabias y Mamá, yo quiero guarapo, en varios escenarios del interior.

En diciembre de 1929, los diarios habaneros divulgan que ha sido contratada para participar en la inauguración de uno de los teatros latinos de Nueva York —el Apolo[7]— junto a Ramón Espígul, Guillermo Moreno, Antonio Valdivia, Álvaro Moreno y Heliodoro Martínez. Entre los títulos presentados, La mulata y Bronca en España, ambos de Agustín Rodríguez, conquistan una exitosa recepción.

Un cronista local escribe sobre Alicia:

[…] notable artista, sin la cual no puede soñarse que el triunfo alcanzado por la Compañía bufa cubana hubiera adquirido las proporciones que hoy tiene.[8]

La acogida de público y crítica fue en realidad tan favorable que la actriz ve renovar su contrato al año siguiente en el teatro hispano San José, donde deviene con Guillermo Moreno la atracción principal de las variedades. También actúan ambos en el sainete Los sin trabajo, de Armando Bronca y Rodrigo Prats (septiembre) y las revistas Harlenmanías y Las musas latinas (noviembre).

A su regreso, Agustín Rodríguez la localiza nuevamente. “El que no aprendía con Agustín Rodríguez no aprendía con nadie. Con él aprendí todo lo que sé”[9], expresa, al evocar la figura de este gran sainetero. Esta vez el maestro-empresario la contrata para su compañía de zarzuela cubana del teatro Martí, inmersa en una memorable temporada donde surgirían los títulos simbólicos del género criollo.

De julio de 1932 a febrero del siguiente año, Alicia interviene en los estrenos de unas veinte obras, entre las que sobresalen Leonela (julio), La Habana que vuelve (agosto), Altarito de la cruz y El Clarín (noviembre), Tin Tan te comiste un pan (diciembre), Las siete capitales del pecado (enero) y El mayoral (febrero). Los dos últimos títulos le reportan gran éxito al encarnar su simpático personaje de gallega.

En esta temporada Alicia coincidió en la escena por vez primera con Candita Quintana, Alberto Garrido (hijo) y Federico Piñero, quienes se convertirían en el futuro en sus inseparables compañeros. “Ellos y yo formamos un grupo escénico tan compenetrado, que sería difícil hallar otro igual” —declaró cierta vez.[10]

Pero en esta extraordinaria temporada, Alicia alterna además con los más grandes artistas líricos cubanos de su época —Rita Montaner, Caridad Suárez, Hortensia Coalla, Luisa María Morales, Maruja González, Miguel de Grandy, Panchito Naya—, así como con otros excelentes actores del género vernáculo como Consuelo Novoa, Julita Muñoz, Lolita Berrio, Arnaldo Sevilla, Julio Gallo, Fernando Mendoza y Regino López.  En julio de 1934 regresa al Alhambra y allí se mantiene trabajando hasta el derrumbe y cierre definitivo de dicho coliseo, ocurrido el 18 de febrero de 1935.

Más tarde se une de nuevo a Ramón Espígul y se presenta en el teatro Luisa de Cienfuegos, con su hermana María Luisa Rico, Armando Bronca, y Antonio Valdivia en las obras Mariguana y El cuarto de hora, ambas originales de Bronca.

Entre junio y septiembre de 1935 se encuentra otra vez en Nueva York, actuando en el teatro Campoamor con la empresa de Fernando Luis. Un periódico local refiere el éxito de la compañía en la obra Tabú:

“La escena del naufragio del buque donde viajaban Don Homobono (Guillermo Moreno), Catuca (Alicia Rico), Sopita (Antonio Valdivia) y el negrito (Antonio García) […] levantó el entusiasmo de la muchedumbre”.[11]

De nuevo en Cuba, toma parte en la reinauguración de la referida temporada de zarzuelas cubanas del Martí en diciembre de 1935. En esta ocasión interpreta el personaje de Chepilla en la zarzuela Cecilia Valdés y en enero del siguiente año obtiene uno de sus más resonantes triunfos con el sainete La Habana de noche, de Gonzalo Roig y Agustín Rodríguez. Su interpretación del son “Cincuenta pesos”, junto a Candita, Garrido y Piñero conquista tal popularidad que la obra se mantiene en cartel durante sesenta y tres días.

El número musical en cuestión imitaba en el montuno la fórmula con que los niños de la Beneficencia leían por radio los premios de la lotería semanal, mientras que los textos centrales variaban al repetirse el tema aludiendo a situaciones cotidianas o hechos de actualidad. En una entrevista concedida al periodista Don Galaor, Alicia relata la desavenencia que tuvo con el célebre autor de la música y su reconciliación posterior:

Resulta que una vez se enfermó una tiple de la compañía y hacía falta alguien que la sustituyera. Alguien, de pronto, dijo. Alicia Rico puede cantar eso muy bien. Pero el maestro Gonzalo Roig respondió enseguida en voz alta. ¡No me gusta su voz! Y yo que lo oigo, le contesto. ¡Y a mí tampoco me gusta su música! […] Pasó el tiempo. Se estrenaba una obra en la que hacía falta una voz que cantara los premios de la lotería. Probaron a todo el mundo. Y el maestro Roig no se quedaba con ninguna. En eso se me ocurre a mí, en el momento que oigo cantar el número, asomar la cabeza y decir: ¡Cincuenta pesos! Y el maestro Roig que grita. ¡Esa es la voz! ¿Quién gritó? Y yo que salgo y le digo. ¡Fui yo, maestro! ¿Ya no le parece tan mala mi voz? Y fuimos los mejores amigos desde entonces.[12]

La partitura para canto y piano de “Cincuenta pesos” fue editada y el ejemplar de la actriz conservado en el Archivo Histórico del CNIAE-Fondo de Alicia Rico, ostenta la dedicatoria manuscrita de los autores a la intérprete:

“Alicia. Esto es más tuyo que mío. A. Rodríguez”. “Alicia. Ya no sé qué decirte; mereces tanto y tu arte es tan maravilloso y tan natural, que real[mente, mutilado] no sé qué ponerte. Pero de todos modos, te dedico este ejemplar con toda mi admiración, afecto y simpatía”. Gonzalo Roig. Feb. VI-1936.

Por estos años participa activamente en luchas gremiales, a raíz de la supresión del contrato a la compañía de zarzuela cubana del Martí por parte de los propietarios del teatro, al objeto de dedicarlo a espectáculos de cine. Esta crítica situación ganada por los artistas, al obtener que el gobierno aprobara la expropiación forzosa del coliseo,[13] daría origen a la fundación de la Asociación Cubana de Artistas Teatrales (ACAT), de la que Alicia fue miembro distinguida.

Su aporte a la zarzuela cubana se reafirma en los años subsiguientes al colaborar en los estrenos absolutos de las obras de Ernesto Lecuona, Sor Inés (teatro Auditorium, 1937), La de Jesús María (teatro Principal de la Comedia, 1941) y La plaza de la Catedral (Teatro Nacional, 1944).

Del segundo título,

los autores escribieron para que yo estrenara —refiere la actriz en una entrevista— un simpático tipo de negrita moderna con un duetino muy bonito escrito para mí por el maestro Lecuona.[14]

En 1941 interpreta el personaje de Chepilla, en la primera representación de Cecilia Valdés, en el Auditorium. Desde 1938 y en toda la década de 1940, Alicia forma parte de los elencos de Garrido y Piñero, bajo la dirección de Agustín Rodríguez y Rodrigo Prats. Durante varias temporadas encarna el personaje de Doña Brígida, la vieja alcahueta en la obra Juan Mortuorio y Luis Jutía, parodia del Tenorio de José Zorrilla, piezas de obligada presencia en todos los escenarios cada año a fines de octubre y principios de noviembre. También apareció junto a Leopoldo Fernández, el famoso Trespatines, y en ciertos momentos llegó a actuar hasta en el teatro Shanghai, en compañía del Viejito Bringuier.

Además de los países citados, paseó su arte por Venezuela, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Nassau y Curazao… y en los Estados Unidos se presentó también en Miami, Carolina del Norte y del Sur, y en Los Ángeles.

Entre los años 40 y 50, Alicia trabajó para la radio, la televisión y el cine. En el primer medio se inició en la emisora RHC Cadena Azul, en un espacio humorístico centralizado por Catuca, inefable caracterización de la vieja enredadora. Pasó luego a la CMQ donde actuaba junto a Garrido y Piñero en los programas La Guagua Candado y Teatro Candado. Creó los personajes de Vieja Pilón en el espacio Postales Pilón (de CMQ-Radio), coprotagonizado con Minín Bujones y Lolita Berrio, y el de Tecla, en el programa Ñico, Tecla, Elio y Flora con ustedes media hora, de gran popularidad (por Radio Progreso), junto a Carlos Montezuma, Ricardo Dantés y Griselda Nogueras. En otros momentos, se presentó también por la COCO, Unión Radio y Radio Salas.

Su afición al béisbol trascendió al público en algunos de estos espacios radiales, en los que se proclamaba fanática habanista. Intervino en el rodaje de los filmes cubanos: El romance del palmar (1938, dirigida por Ramón Peón); Estampas habaneras y Cancionero cubano (ambas de 1939, de Jaime Salvador); La canción del regreso (1940, de Max Tosquella y Sergio Miró); Yo soy el hombre y ¡Qué suerte tiene el cubano! (ambas de 1950, dirigidas por Raúl Medina) y ¡Olé Cuba! (1958, de Manuel de la Pedrosa). También apareció en numerosos cortos humorísticos de Garrido y Piñero.[15]

Estaba casada con el actor Antonio Valdivia, hijo del famoso periodista y diplomático Aniceto Valdivia, que firmaba la crónica teatral en el diario La Lucha, con el seudónimo de Conde Kostia.

Me casé con Antonio en Nueva York, el 12 de septiembre de 1923, en el City Hall [Ayuntamiento]. […] La boda fue trabajando nosotros en el teatro Hispano y quiero que sepas que del notario nos fuimos a la función.[16]

Interrogada sobre sus relaciones con la familia de su esposo, declaró:

Yo siempre recordé mi cuna humilde y que era del teatro y aunque [las hermanas de Valdivia] me trataban de igual a igual, nunca se me subió el abolengo de mi familia.[17]

Llevaron juntos toda una vida —treinta y cuatro años— hasta 1957, cuando él falleció en La Habana. Ocurrió en un homenaje que se tributaba a Alicia Rico. En medio de la gran ovación del público, Alicia quiso compartir con él la extraordinaria alegría que experimentaba y, en presencia de todos, lo besó. La emoción que sintió Valdivia por aquella demostración de cariño […] fue inmensa, tanta [,] que su corazón no pudo resistirlo y le falló. Fue llevado urgentemente al hospital, pero ya era tarde.[18]

Alicia Rico cultivó la amistad en alto grado, en un medio en el que siempre primaron la envidia, los comentarios malintencionados y las bajas acciones. Colegas —tanto actores como técnicos y empleados de teatros— conocieron su solidaridad, su sentido del humanismo y su sencillez… Su proverbial cubanía le salía por los poros no solo en la escena, sino también en sus respuestas a los periodistas:

(…) me encanta jugar al dominó, es el mayor de mis vicios, pero eso sí, oye, odio al doble nueve, si fuera de chocolate, me lo hubiera comido más veces, [¡]qué pesao me cae[!], cuando le cae a uno en una data nunca acaba uno de soltarlo. También a Valdivia y a mí nos encanta de vez en cuando perdernos, confundirnos con el pueblo, vivir sus emociones, pasando desapercibidos, vivir la vida como los humanos, divertirnos para así olvidar las falsías, hipocresías del ambiente artístico […] Aunque quiero que digas que Alicia Rico sabe perdonar a los que mal le hagan, que yo dejo esas cosas al tiempo que es el más justiciero de los jueces: a una gota de hiel, Dios da una jarra de miel […]».[19]

Entre otras figuras menos conocidas, llegó a considerar como verdaderos hermanos a Armando Bronca, Candita Quintana, el Chino Wong y el Viejito Bringuier.

Alicia y su inseparable Candita Quintana ensayan una escena en el teatro Martí con el grupo Jorge Anckermann. Foto publicada en El Mundo del Domingo, 17 de octubre de 1965.

Los últimos años de Alicia Rico transcurren en el Martí, el mismo escenario donde se presentara en público por primera vez, media centuria antes, y donde conoció sus mayores triunfos en Cuba. En 1961 encabeza los elencos de una temporada de teatro vernáculo que se mantendrá cinco años consecutivos, junto a los empresarios-actores Carlos Pous (negrito) y José Sanabria (gallego), con Candita, Zenia Marabal, el Chino Wong, Américo Castellanos y Rafael Correa, todos grandes intérpretes del género.

La actriz, con cerca de cincuenta años sobre las tablas, continúo dando vida a su magistral creación, mezcla de matices criollos y galaicos, en títulos como Una gallega endiablada, Adán y Eva a los 70 años, Mala cara, Tres mujeres en un tiro, De repente en el pantano, ¿A qué hora mataron a Lola?, etc. El 8 de julio de 1964, la compañía le dedica una función extraordinaria, junto a sus fraternos Candita y Chino Wong y la intervención especial de Blanca Becerra, como madrina del espectáculo.

Al año siguiente debuta, en ese mismo escenario de Zulueta y Dragones, el grupo Jorge Anckermann del Consejo Nacional de Cultura, dirigido por Eduardo Robreño, Enrique Núñez Rodríguez y el maestro Rodrigo Prats. Alicia, junto a Candita y un numeroso grupo de actores vernáculos veteranos y jóvenes, se integra al elenco desde el inicio. Participa en los estrenos de El velorio de Pachencho (adaptación del antiguo título alhambresco Tin Tan te comiste un pan), El bravo, El amor nació en la plaza, Voy abajo y La verbena de la tiñosa (todos en 1965); El remero respetuoso y Yo soy aquella (ambos en 1966).

En una de sus últimas entrevistas había expresado:

¡Mientras tenga fuerzas, mi compay, le trabajo a mi pueblo![20]

En efecto, las fuerzas no le fallaron a Alicia Rico hasta el mismísimo final, pues solo a pocas horas de concluida la función del 30 de diciembre de 1966, falleció la simpar actriz. El último título  citado fue su despedida involuntaria de un público que ignoraba, al salir del teatro, que no podría admirarla ni aplaudirla nunca más.

Alicia se había hecho imprescindible en los carteles y llenó cuanto escenario pisara con su simpático desenfado en la caracterización de negritas, niñas bobas, viejas chismosas y sobre todo, gallegas “toronas”, personajes construidos gracias a su innata y formidable intuición.

“En el teatro el artista recibe el calor del público y se orienta a través de sus aplausos”, expresó alguna vez. Su nombre es sinónimo de teatro vernáculo cubano. Ese teatro definido por ella como “el alma del pueblo [por el que] se conocen y divulgan sus costumbres y su cultura”. Y tanto dio y amó a ese género la gran actriz, que no sería posible escribir su historia sin mencionarla, porque, como declarara en aquella última entrevista, “¡El teatro es mi vida!”.

En portada: Alicia Rico en su caracterización de gallega, caricatura de Roseñada.

Imágenes: Archivo digital Río Prado

Trabajos citados:

[1] Recorte de periódico no identificado en Archivo Histórico del CNIAE-Fondo de Alicia Rico.

[2] Arturo Ramírez. «Nuestra farándula. Alicia Rico», en Carteles, 26 de septiembre de 1943.

[3] Teatro Latino in New York – Cinema Treasures.org

[4] Idem.

[5] Arturo Ramírez. Loc. cit.

[6] Recorte no identificado en Archivo Histórico del CNIAE-Fondo de Alicia Rico.

[7] https://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Apollo

[8] Debate, Nueva York (sin fecha), citado por Nancy Benítez en su «Cronología de Alicia Rico» (inédito). Archivo Histórico del CNIAE.

[9] Andrés M. Monsanto. «Una vida dedicada al teatro. Alicia Rico», en El Mundo del Domingo, 3 de abril de 1966.

[10] Arturo Ramírez. Loc. cit.

[11] Recorte en Fondo de Alicia Rico, del Archivo Histórico del CNIAE.

[12] Don Galaor. Ellas y ellos al micrófono (1943), p. 116.

[13] Enrique Río Prado. La Venus de bronce. Una historia de la zarzuela cubana. Ed. Tablas-Alarcos, La Habana, 2010, p. 186-194. Sobre la historia de este emblemático coliseo ver también el libro Teatro Martí, prodigiosa permanencia, de Nancy González Arzola (Ed. Unión, La Habana, 2010) y el artículo «Teatro Martí: amorosa presencia», de Esther Suárez Durán, en http://www.lajiribilla.cu/articulo/7202/teatro-marti-amorosa-presencia

[14] Bebo Álvarez. «Unos minutos con la sin par Alicia Rico», en Ecos de la RHC, recorte sin fecha en Archivo Histórico del CNIAE-Fondo de Alicia Rico.

[15] Arturo Agramonte y Luciano Castillo. Cronología del cine cubano. Cuatro tomos. Ediciones ICAIC. La Habana, 2011-2016

[16] Bebo Álvarez. Loc. cit. En otras entrevistas señala los años 1924 y 1925 como fechas de su boda.

[17] Bebo Álvarez. Loc. cit.

[18] Andrés M. Monsanto. Loc. cit.

[19] Bebo Álvarez. Loc. cit.

[20] Andrés M. Monsanto. Loc. cit.

 

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