Adolfo siempre aquí

Por Frank Padrón

Aunque más recordado por sus papeles de tipo duro y machista irreductible en el tercer cuento de Lucía, ambientado a principios de la década del sesenta, o Retrato de Teresa, el actor Adolfo Llauradó, de cuyo nacimiento en Santiago de Cuba se cumplieron este 29 de agosto 80 años, participó en muchísimos títulos del cine cubano desde la fundación del ICAIC.

Directores de estéticas tan diferentes como Manuel Octavio Gómez, José Massip, Pastor Vega, Sergio Giral, Daniel Díaz Torres, Manuel Herrera o Jesús Díaz, y claro, Humberto y Titón, le tuvieron en elencos de sus filmes, cierto que no siempre en protagónicos, pero no le es imprescindible esto a un notable actor para lucirse, y Adolfo lo hizo convirtiendo cada papel en un rol inolvidable.

No escapó al ojo de realizadores foráneos, como Fernando Birri o Alberto Durán, quienes lo incluyeron en filmes de sus países o coproducciones con Cuba.

Llauradó era un actor de dimensiones shakesperianas, de magnética voz y una expresividad a toda prueba, dotaba los caracteres de personalidad y convicción, se esmeraba en los matices y confería a cada trabajo energía y vitalidad. Es cierto que el cine lo encasilló un tanto, precisamente por estas virtudes, en un tipo: el macho alfa, el “duro” y fuerte, pero de cualquier manera, el actor demostraba su clase en la pantalla grande.

También en la chica, en la cual no destacó menos, y sobre todo en teatro, donde precisamente debutó “en grande” y sí le dio la oportunidad de recorrer un mayor y más rico espectro del dramatis personae.

Aunque fue en radio y TV que el protagonista de Las profecías de Amanda comenzó su andadura cuando en 1955 llegó a la capital, las tablas lo acogieron tres años después bajo la tutela de Adolfo de Luis, quien lo dirigió en Los pájaros de la luna, de Marcel Aymé.

En varios grupos, hasta integrar en los sesenta la prestigiosa compañía Teatro Estudio, Adolfo interpretó a Shakespeare, Brecht, O’Neill, Lorca, Albee y tantos grandes de la escena internacional, sin olvidar a los nuestros (Virgilio, Estorino, Brene…), y fue dirigido por autoridades en el arte de Tespis, como los Revuelta o Berta Martínez.

No olvido muchos de sus trabajos, pero guardo especial predilección por su rol en la obra En el parque, la pieza del soviético Alexander Gelman, solo de dos actores (lo acompañaba la no menos virtuosa Alina Rodríguez, también lamentablemente desaparecida), donde pudo explotar sus muchas potencialidades histriónicas.

El sólido actor probó también las armas de la dirección fílmica, pero se decantó por el documental a partir de 1994, con acercamientos a su admirada poeta Carilda Oliver Labra y varias Divas (como tituló uno de ellos) colegas suyas a quienes contribuyó a rescatar del olvido, o una peculiar anciana que encontró en un asilo.

A veces explosivo pero nunca rencoroso para quienes lo tratamos de cerca, ocurrente e ingenioso, noble de alma y apasionado fuera y dentro de la escena, Adolfo Llauradó vive no solo en la activa sala homónima que se le dedicó en la Casona de Línea, sino en todos quienes alguna vez, o muchas, le aplaudimos en sus siempre recordadas interpretaciones dentro de los más diversos medios de representación.

Tomado de Cubacine

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