La Libertad De Animar Figuras

Por Dania del Pino Más

Muchos coinciden en calificar a Teatro de Las Estaciones como el más importante colectivo de teatro de títeres del país. Aunque pueda parecer una afirmación absoluta, existen criterios que, al alcance de 25 años, permiten validarlo.

No fue casual que en la década del noventa Rubén Darío Salazar sintiera la necesidad de fundar su propio proyecto escénico. Había demostrado su capacidad como titiritero dentro del repertorio de Teatro Papalote que lidera todavía hoy el Premio Nacional de Teatro, René Fernández, y logrado reconocimiento en espacios como el Festival Internacional de Escuelas de Tititriteros de Yugoslavia en el 88, o el Festival Mundial de Títeres de los Cinco Continentes de Charleville-Mezière, en Francia en 1991. Había estudiado a maestros imprescindibles como los Camejo y Pepe Carril, Javier Villafañe, María Antonia Fariñas, entre otros, que lo motivaron a seguir el misterio de habitar retablos. Y por último, como él mismo confiesa, había encontrado la complicidad de Zenén Calero, quien le construyó los primeros títeres y desde entonces, le permitió jugar con figuras propias.

Tal vez por eso resulten evidentes desde el comienzo, algunos acopios que han fortalecido el paisaje de Las estaciones. La voluntad de asumir siempre grandes retos ha hecho a Rubén Darío Salazar y Zenén Calero visitar textos perdidos en el tiempo, como el lorquiano La niña que riega la albahaca o el príncipe preguntón; revivir el mito de Cecilia Valdés como comedia lírica para retablo, en una versión enriquecida que juega con símbolos del imaginario colectivo; hurgar en el surrealismo, en un paseo casi irrepresentable para Búster Keaton o subvertir el clásico cuento Pinocho para mostrarle a los niños dominios y sugestiones más al corriente de nuestros días.

Durante estos años, Las Estaciones ha mantenido la vocación investigativa no solo para cada proyecto emprendido, sino como una forma de existencia que va hilvanando el decursar del grupo en la vuelta siempre a poetas como Lorca, Martí, Dora Alonso, Norge Espinosa. Nombres a los que se han anclado otros como Fara Madrigal, Freddy Maragotto, Migdalia Seguí, Gerandy Basart, Iván García o María Laura Germán, en un oficio que construye a un actor titiritero, bailarín, cantante, como si en cada entrega Rubén Darío Saslazar, en su rol de maestro, quisiera devolver a un ser más completo y mostrar sus individualidades también como materia potencial para la puesta en escena. Son razones que han hecho a este colectivo, además de un lugar para la creación, un espacio formativo, de liderazgo, de gestión y producción de eventos como el Taller Internacional de Títeres de Matanzas, donde muchos otros han encontrado sus propios caminos.

No podría cuantificar los niños y padres que de Matanzas y Cuba se han deslumbrado con los títeres de Zenén Calero, que no trascienden solo por su belleza, sino por la capacidad metafórica de sus formas, la sorpresa de sus mecanismos en ambientes casi alucinantes que exploran todas las potencialidades cromáticas en relaciones de armonías o contrastes según el concepto visual de cada puesta. Mirar a esas figuras atravesar la escena a ritmo de conga, guaguancó, a paso de son o simplemente con los colores de la música barroca o el lirismo de la voz de Bárbara Llanes, ha sido un lujo para cada familia que asiste a las obras de Las Estaciones. Verlos seguir en silencio los pasos de los actores, en un acto casi de enamoramiento con cada objeto animado, me ha hecho creer en este como un gran teatro, un teatro por el que deberíamos pedir otros 25 años para andar.

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