Demolición

Desde el título mismo, el público aparece nombrado como la entidad que es objeto central de esta obra. Se trata de Insultos al público, en la sala Llauradó.

Con una extensa temporada, Insultos al público, puesta en escena de Alexis Díaz de Villega, continúa en cartelera durante el mes de agosto, en la sala Adolfo Llauradó, viernes, sábado y domingo, en horarios habituales

Por Omar Valiño / Fotos Buby

Desde el título mismo, el público aparece nombrado como la entidad que es objeto central de esta obra. Se trata de Insultos al público, llevada a escena por Alexis Díaz de Villegas y su agrupación Impulso Teatro, de temporada durante todo agosto en la sala Adolfo Llauradó de la Casona Vicente Revuelta.

No conocía esta pieza del austríaco Peter Handke, autor de importantes aportaciones en el teatro y el cine, insuficientemente puesto en Cuba como tanto dramaturgo contemporáneo y actual que harían, de facto, más interesantes nuestras carteleras.

La escritura de Insultos al público data de 1966, hacia la despedida de una década que consolidó, y también trajo, marcadas renovaciones del quehacer teatral. De ahí las trazas dejadas por el  autor, entre la verdad y la ironía, cuando menciona que la obra que presenciamos no es un trozo de vida ni es un documento o se refiera a su estructura dialéctica.

Handke avanzó entonces en la paulatina demolición de las “columnas” del arte teatral, en ello consiste su desafiante propuesta a los espectadores, su esencial insulto. No es, por tanto, un espacio para el reflejo, para una metáfora, para significar, para contar alguna época. Carece de fábula, de personajes, de situaciones. Y se pronuncia contra todas las estrategias de construcción de sentido: evocar el pasado, ver el presente a través del pasado… Somete al espectador a un diálogo crítico sobre sus arraigadas convenciones, siempre desde un humor culto.

En el espectáculo, donde el director refuerza esa intención al evitar atmósferas, secuencias de imágenes o artificios, observamos a tres actrices y cuatro actores con ropas comunes que no llegan a convertirse en vestuario, precisamente con el  objetivo de no significar. Sobre el escenario nada, en las manos nada. Lástima que el único recurso de “imagen escenográfica”, nunca escenografía, no pueda desplegarse en toda su amplitud: colocar en total “espejo” la proyección del público asistente, filmado en vivo, a lo ancho de todo el fondo del escenario, como un auditorio que se mira a sí mismo.

Ante tal vacío, el trabajo del actor solo puede asirse a su delicada partitura, podríamos decir aquí que literalmente musical e inexistente sin el vínculo colectivo. Toda una sonata de acciones vocales. En su desarrollo, la puesta va obteniendo una fina riqueza de tonos, acentos, micro rupturas, particulares emisiones, individualizaciones y  colectivizaciones, acompañadas de un muy suave tratamiento de las inevitables imágenes de los cuerpos en escena. Todavía puede afinarse mejor el segmento de los insultos dirigidos a la platea desde los micrófonos y ubicarlos todos en un ámbito nacional.

Es un estudio de público. Abolición de convenciones, significados, expectativas, sentimientos. Pedagogía hacia el espectador. Pero también acuerdo tácito, legitimidad de un acto en un lugar donde ocurrirá algo. El teatro como lo que demuele: templo, liturgia, espejo, tribunal, circo, juego, convención. Pero queda el teatro: encuentro y pacto en torno a ese ritual compartido. Dice la obra que contribuye a concientizar en presente la condición de espectador. ¡Y es verdad!