DANZA ESPIRAL: LO MARAVILLOSO DE UNA POÉTICA MESTIZA

“…lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de “estado límite”. Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe.”

Alejo Carpentier

Por Roberto Pérez León / Fotos Yadiel Durán

Alejo Carpentier no pudo librarse de la tentación de revisitar literariamente, de manera tangencial, La consagración de la primavera. Escribió una novela de dimensiones épicas: una bailarina rusa quiere montar la obra con la enjundia de lo cubano, sobrepasar desde otras perspectivas, lo que Los Ballets Rusos de Diaguilev ya habían paseado por Europa desde principios del siglo XX. Vera, la rusa, guiada por su amante cubano, aspira meterse por los recovecos folklóricos de la isla para hacer una puesta con una mirada vernácula.

Alejo Carpentier ha sido el ángel tutelar de la concepción escénica hilvanada por el ímpetu de Liliam Padrón, la directora de la agrupación danzaria dadora de esta rotunda visión, de una de las piezas más valoradas del repertorio musical y dancístico. La puesta en escena es una apropiación que parte del mestizaje originario de Igor Stravinski y Vaslav Nijinski, para ponerlo a convivir con el potencial mestizo cubano. Porque el arte será siempre una continuación, la coreógrafa matancera sabe que no es posible una obra enteramente nueva, sin residuos, sin transcripciones.

La propuesta de Danza Espiral es una invención al enlazar impurezas primigenias, préstamos, reciclajes por obra y gracia de la dinámica de una creación danzaría sin constreñimientos. La apropiación que hace la compañía, en esta ocasión, tiene un intercambio simbólico de magnitudes desafiantes. Maridaje feliz entre la sonoridad del músico ruso y los tambores rituales que son percutidos en vivo, expresamente ejecutados para intervenir desde la hondura de lo cubano una de las obras musicales más sonadas y bailadas.

Igor Stravinski y Alejo Carpentier deben andar abrazados en la gloria

Esta vez La consagración de la primavera ha sido materia prima amasada, para generar un producto que brincó lo que establecía la receta-conjunción Stravisnki-Nijinski: adoración de la tierra, augurios primaverales –danzan las adolescentes-, juego del rapto, rondas primaverales –tranquilidad, viveza-, juego de las tribus rivales –muy,  pero muy alegre-, cortejo del sabio, adoración de la tierra –prestissimo-, el sacrificio, círculos misteriosos de las adolescentes, glorificación de la elegida, evocación y acción ritual de los antepasados –lento, pero no lentísimo-, danza sagrada y ahí la plenitud de la elegida.

Sin abandonar el sobresalto del mito y de lo ritual, Liliam Padrón modifica coordenadas, establece ligaduras entre el eros y el logos para fecundarlos con conocimiento poético emancipador.

Con una simple escenografía y unas luces de una modestia sobrecogedora el montaje se desarrolla en un breve espacio alargado. Parece como si transcurriera sobre una cinta cinematográfica pero con la sucesión de lo teatral. Puede resultar de una visualidad trastornada. Por momentos es de una exaltación singularmente favorecedor cuando, sobre la banda sonora originaria de Stravinski, se escuchan el estruendo directo del cencerro y los cueros cubanos.

Cada puesta de La consagración de la primavera tendrá el peso del genio y figura que la nutren desde hace un siglo. La compañía Danza Espiral se quitó de arriba tanto peso. La representación que acaba de estrenar no fue una visita más a la ruptural música de Stravinski y al arbitrio coreográfico de Nijinsky.

La música por su extravío y anarquía impera sobre los demás sistemas significantes. Los cuerpos de los intérpretes son reoriginados por la composición coreográfica. Liliam Padrón no se ha dejado llevar por el determinismo que ronda como un fantasma cada vez que se va  a hacer el abordaje de la proverbial obra. Esta señora, vehemente y serena, arma la partitura coreográfica con cuatro bailarines muy jóvenes, y baila con ellos. Y es que la penetración en la imagen que ella hace precisaba de su propia naturaleza corporal. ¡Por Dios! Qué manera de  bailar esta mujer. Hacía ella confluyen los movimientos recipiendarios e incorporadores que los bailarines desarrollan en escena. Los cinco intérpretes conquistan desde lo coral porque así es el estilo de todos. Un centro, donde se enclava Liliam, traza rutas de claridad para mitos imaginados, no participados, mitos escuetos y volteados para devolverles su futura habitabilidad. Todo muy paradójico. Nada adjetivo. Todo sustantivo y de una sabiduría reflexiva. Todo bajo una visualidad que goza de una retórica conveniente y súbita.

En poco más de un mes hemos tenido dos representaciones escénicas de La consagración de la primavera. Me quedo con la que Danza Espiral acaba de hacer en el Teatro Velasco de Matanzas.

Los matanceros están restaurando gran parte del casco histórico de la ciudad, a punto de cumplir 325 años. Sospecho que si todo va por el camino originante que traza la compañía Danza Espiral, a las celebraciones se llegará con viento en popa y a toda vela.

 

 

 

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