Impulsos para pensar la coreografía desde el real compromiso

Por Noel Bonilla-Chongo

Pensar, analizar, inventar no constituyen actos anormales (imposibles, quiméricos, inverosímiles…),
ellos organizan la respiración normal de la inteligencia…”
Jorge Luis Borges

Como eficaz estímulo a la creatividad de los jóvenes de la danza en el país, recién concluyen las jornadas del XV Festival Impulsos, evento organizado por la Premio Nacional de Danza Isabel Bustos y su compañía Danza Teatro Retazos. Como cada año, los anfitriones abren las puertas de su espacio expositivo y de concurso para intercambiar ideas, experiencias, generar y presentar propuestas que, en su hechura temática y resoluciones coreográficas, enriquecen nuestra danza escénica del presente. Acompañar la formación vocacional de los jóvenes coreógrafos emergentes, ha sido voluntad e interés permanente en los quince años del Festival.

En la presente edición, y bajo las condiciones tan particulares y el distanciamiento impuesto por la pandemia de la COVID 19, los organizadores expandieron las posibilidades de Impulsos también a la introducción de obras en formato video y, en este complejo contexto, los avatares de la nueva normalidad se volvieron incitación para pensar la coreografía desde el real compromiso de sus jóvenes creadores.

Cinco piezas registradas en video y nueve obras en vivo, se mostraron en el concurso.  Estudiantes de la Escuela Nacional de Danza y de la Facultad Arte Danzario de la Universidad de las Artes (ISA), junto a jóvenes bailarines de distintas formaciones y agrupaciones. Un jurado de expertos que, más allá de su misión de elegir las propuestas superiores, acompañaron a los concursantes a través de la oportuna consejería artística; en ese sentido, la Cátedra DANZAR.CU del ISA lideró las jornadas de asesoría.

La XV edición del Festival Impulsos nos regresó ese añorado deseo del reencuentro entre el cuerpo y el espacio, del danzante con sus públicos y de este con el ágora de la magia teatral. Todavía situándonos a metro y medio de distancia, con la boca cubierta y las manos húmedas, el aplauso y el ¡bravo! fueron sentidos. En consecuencia, el Jurado distinguió con el primer lugar a la pieza En Vivo, trio creación de Olo Tamayo (bailarín de la compañía anfitriona), Kenso Rodríguez y Álvaro Pérez (estudiantes de la Escuela Nacional de Danza); el dueto QR-20, de la cantante lírica Kenya A. Borges y el bailarín Luis Alberto de la Torre, obtuvieron el segundo sitio; y el tercer lugar al dúo Óptica, de Dayanis Ochoa y Amelia Rosa Zayas, estudiantes de la ENA-Danza.

Dentro de las piezas registradas en video: Oratoria, de la matancera Nathalie Morales Estévez, suscitó gran estimación. Danza en vivo y danza en video, fueron aplaudidas, laureadas y mencionadas: Plataforma, de Romy Rodríguez y Esteban Aguilar; Manipulación, de Lirionis Bess Ricard; Afrontamiento, de Luis Antonio Salazar; Sísifo, de Danys B. Barreras; Yo no quiero que cambies Yo quiero que abras los ojos, de Shaquille Renom y Eglier Alfonso.  

Ya se sabe, en su generalidad la “coreografía” ha rebasado todos los estancos y modulaciones conocidas, al redimensionar su más ancestral noción (etimológicamente, el término proviene del griego choros y grafía; el primero alude al coro en su danza y canto colectivos, mientras que grafía se relaciona a la escritura) para abarcar otras asociaciones. De ser una práctica que procuraba exclusivamente designar la anotación del desarrollo de los bailes y sus pasos por medio de signos; a partir del siglo XIX, el coreógrafo se concibe como “el creador de bailes” y la coreografía será “el arte de crear bailes”.

De este modo, entendida como arte y práctica artística en sí, desde el campo epistemológico de la danza, el cuestionamiento sobre los procesos de creación artística, así como la mirada acerca de las nociones de coreografía y creación, se han convertido en indudable obsesión investigativa. Y aquí, el Festival Impulsos, en sintonía con el hacer de tantos años de Isabel Bustos, fundadora y móvil convocante del encuentro, procura ser ánima que propulsa el imaginario de quienes, apuestan por la creación coreográfica desde la multilateralidad escénica de sus franjas.

Sobre las herramientas posibles de una coreografía

Todo coreógrafo antes de emprender una creación personal parte de elementales esbozos especulativos, motivacionales, teóricos u obsesivos, etc., que lo conducen a seguir pautas diversas, en algunas ocasiones muy concretas. Estos planteamientos son los que conforman los patrones sobre los cuales se construirá la estructura de la coreografía. Esta estructura no es “la” coreografía en sí, sino el soporte interno de lo que ella podrá ser tras el proceso de investigación, de prueba y error, de improvisaciones. La cuestión de fondo es saber cuáles van a ser los materiales necesarios para construir. Doris Humphrey, en su libro El arte de componer una danza, habla de tener en cuenta: el diseño, la dinámica, el ritmo y la motivación. Quizás ahora, estos materiales se pueden resumir en tres: espacio, tiempo y energía.

Dentro de esta trilogía, hay que diferenciar dos mundos. De un lado la dupla espacio-tiempo, del otro el cosmos de la energía. El binomio técnico espacio-tiempo, es el mundo de los códigos matemáticos que rigen la estructura de la coreografía. Es la regla dorada que concreta la composición. La naturaleza de la energía es la que hace referencia al interior del danzante, no codificable por ley matemática alguna y quizás más próxima a la especulación secreta, enigmática, “desconocida”. Es lo que individualiza al movimiento y hace única a la coreografía.

Estos dos mundos se interrelacionan y hacen que el contenido (energía) se encarne en la forma, subjetivándola, haciéndola personal, individual. Del equilibrio de las dos acciones depende que la coreografía sea entendida y sentida. Entendida por lo que afecta a nuestro raciocinio cartesiano, y sentida por lo que lleva de interno y subjetivo comunicable con nuestra sensibilidad. Es por ello que la coreografía es un acto creativo muy complejo, donde no será suficiente el tener una experiencia práctica como bailarín o maestro de danza.

Si bien actualmente la producción coreográfica está caracterizada por la utilización de materiales heterogéneos, la hibridación y combinación de lenguajes y técnicas, la utilización de recursos informáticos y digitales, la actuación conjunta, transdisciplinar de distintas manifestaciones artísticas, aun así, al hablar de creación coreográfica, en ella, “la danza” no podrá dejar de ser objeto de esmerada ocupación. Entonces, es necesario en primer lugar observar qué elementos componen una obra coreográfica. Janet Adshead en Teoría y Práctica del Análisis Coreográfico considera componentes observables en una coreografía a cuatro grandes categorías: el movimiento, los danzantes, el entorno visual y el entorno sonoro.

Cada uno de estos elementos, al menos dos de ellos, el movimiento y el bailarín, prácticamente no pueden existir el uno sin el otro. Siempre habrá un entorno visual (más allá de lo anchuroso del espacio vacío) y posibles elementos que permitan identificar la dramaturgia sonora (músicas, ruidos, silencios, respiraciones, jadeos, etc. La incidencia simultánea de los diferentes elementos, es denominada por Adshead “conjunción”. A partir de esta noción es que adquiere sentido el análisis de configuraciones (texturales, rítmicas, armónicas, movimentales, espaciales, dinámicas, etc.) o unidades estructurales en la obra coreográfica.

Asimismo, en la larga tradición de la coreografía nacional y en muchas de las propuestas que circulan hoy en nuestros escenarios, muchas de ellas hechas por jóvenes, sabemos que “las artes no son conjuntos uniformes y hechos con los mismos materiales” (en disposiciones de Susanne K. Langer. Para la respetada esteta, en las diferentes prácticas artísticas existe una heterogeneidad de materiales y, por lo tanto, una heterogeneidad de categorías que se ponen en juego.

Y sí, dentro de la variedad de maneras de entender la creación coreográfica, las propuestas del Festival Impulsos 2020, se comportaron entre el apego formal al movimiento generado en la tecnicidad del cuerpo danzante, hasta zonas liminares que fragmentaban ese cuerpo en muchas y heterogéneas corporalidades. Cada una de ellas dotadas de una materialidad gestual, presencial, discursiva, expresiva, visual y sonora, tan propias que les permitía una identidad igualmente típica, personalísima.

Para mi sorpresa, dentro de la multiplicidad de modos constructivos, había diferencias que hacían notorias las distintas grafías. Por un lado, el interés de hacer dialogar danza, canto y música en vivo desde una suerte de improvisación estructurada donde la ejecutoria dancística transparentaba las numerosas relaciones que puedan surgir entre la textura sonora y la manipulación del movimiento con énfasis en el tratamiento dinámico, espacial, rítmico, etc. Por otra parte, las coreografías hechas para la pantalla, donde la cámara solo era el ojo espectador que fijaba los presupuestos de un diseño coreográfico temporal (que se desarrolla en el tiempo) y espacial (que se evidencia en su forma visual) dejando advertir, sin trampas de edición y montaje, la tridimensionalidad de las relaciones que se manifiestan en la obra de un modo plástico a través de los cuerpos danzantes.

Impulsos se nos asegura como ese escenario ganado para la promoción y desarrollo de la joven coreografía cubana. Zona franca en progreso y variación. Franja que reivindica el trazo acompañante de la experiencia, y de su comprensión en las diferentes maneras de su hacer. Siempre que entendamos que en su ejercicio compositivo debe el creador coreográfico, invariantemente, hacer dialogar ingenio, intuición y obsesiones con las “leyes” del escenario, con los rigores de la escritura; solo así, su coreografía podrá ser “entendida y sentida” en la heterogeneidad de su real compromiso y “respiración normal de la inteligencia”.

Referencias:

El arte de componer una danza: Humphrey, Doris. Pueblo y Educación, La Habana, 1979.

Teoría y Práctica del Análisis Coreográfico: Adshead, Janet. Federación de Profesionales de la Danza – Ministerio de Educación y Cultura, Valencia, España, 1999.

 

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